25-02-2008

NOSTALGIA E HISTORIA: OBJETIVIDAD Y SUBJETIVIDAD(1)


Se afirmaría, y muchos lo hacen, que las identidades son cambiantes, que la modernidad nos ofrece una identidad genérica, universalista, la que podríamos llamar "el hombre moderno". En esta mirada, las identidades particulares son asuntos sobrepasados por el tiempo, asuntos de viejos tangueros. "Nostalgia de las cosas que han pasado..."

Pero la nostalgia es un asunto que nos invade cíclicamente. No sólo en nuestra vida privada, sino también en la pública. Hay muchos, cada vez más, generalmente personas capaces, que sienten "nostalgia del ayer", de un país, de un modo de ser —de la política, por ejemplo, entendida como pasión—; que no se adaptan a un presente, evidentemente considerado "normal", positivo, bueno. Pareciera que el país de las cifras macroeconómicas positivas no siempre marcha al mismo ritmo del país de los sentimientos, de las sensaciones, de los encantos y los desencantos. Objetivo y subjetivo, son dos polos existentes y necesarios. En la conjunción de ambos se encuentra la ansiada "calidad de la vida".

Es por ello que ensayaré la oposición entre nostalgia e historia, clave, a mi modo de ver, para comprender la relación entre pasado objetivo y subjetivo, y elemento central de la "construcción cultural". Trataré de señalar que la nostalgia no se refiere siempre a asuntos circunstanciales, a los amigos que se han ido, a los paisajes que se han perdido; que no es sólo un asunto de edad, de años, de recuerdos poco críticos de tiempos pasados rememorados como los "tiempos felices".

La nostalgia aporta el elemento subjetivo a la historia, enriquece el alma, nutre las conversaciones largas; muy pocas veces logra ser objetivada, pero permite a las "comunidades humanas" dimensionar el presente, desencandilarse con los nuevos descubrimientos, poner todas las apuestas en un futuro incierto.



La nostalgia se convierte a menudo en el patrón subjetivo de la medida. Las grandes masas no evalúan su situación solamente por los bienes materiales adquiridos, por el progreso técnico alcanzado, sino también por los grados de seguridad logrados, los niveles subjetivos de satisfacción, la sensación colectiva de bienestar.

La nostalgia es el recuerdo positivamente valorado. Es por ello que se lo desea revivir. Al no ser posible, se produce dolor. La nostalgia es un sentimiento doloroso de pérdida, de la inevitabilidad del tiempo.

Esta afirmación es bien conocida a nivel psíquico personal, pero escasamente valorada a nivel social y cultural. Quisiera comprender este fenómeno a nivel de la cultura, y para ello hacer "ontología" —y uso la palabra con un cierto pudor—, en el sentido de construir una categoría ligada al ser de las cosas, de las personas, de las comunidades. Podría decirse que intento utilizar el concepto, transformándolo de uno psicológico en otro capaz de dar cuenta de fenómenos colectivos.

Necesitamos hablar del tiempo y el rito, para entender nostalgia, historia e identidad.

El tiempo es la más humana de las sensaciones. Nos refiere a la conciencia. Creemos los humanos de hoy, modernos, que sin la conciencia del tiempo, éste no existe. Los filósofos han trabajado en las más diversas direcciones el asunto. También lo ha hecho, con resultados tangibles, la antropología. El animismo indígena llenó de vida a las cosas que nosotros, gente de Occidente finalmente, hemos denominado inanimadas. Una roca, "futá currá", gran piedra en la lengua de los mapuches, era para ellos un ente vivo, lleno de vida. Allí "pasan cosas". Las piedras, al partirse, al romperse por efecto del agua, de las nieves, de los calores, sin duda cambian, se transforman. El tiempo también transcurre en ellas, deja su huella. En la cultura y espiritualidad mapuche, el hombre es tributario de esa relación. Hay un "fuera de sí" que es respetado, venerado, ritualizado, y al cual debe ofrecer sacrificios, ya que en algún momento tendrá influencia en la propia vida.


El "eterno retorno", señala Mircea Eliade, es la concepción primigenia del tiempo. Las estaciones se suceden en un ciclo siempre persistente. Los humanos acuden con sus sacrificios en auxilio de la naturaleza para que no se detenga el proceso de la vida. Cada año celebraban los antiguos la Pascua, el momento de salir de la oscuridad del invierno en que pareciera que la muerte se había apoderado de las cosas y de los hombres. Prendían nuevamente el fuego sagrado, lo reavivaban con cantos y oraciones; sacrificaban el cordero pascual, daban gracias al Altísimo, se purificaban ritualmente y predecían en el templo lo que debía necesariamente ocurrir en el espacio cósmico: la reaparición del sol, de las plantas, de las flores y los frutos.

Hombre y naturaleza se encontraban fundidos en un contacto persistente. Los hombres no eran los únicos dueños del tiempo. La angustia provocada por la incertidumbre era mitigada por la certeza del rito. Los ancestros, sus costumbres, sus enseñanzas, estaban comprendidas en el presente. El espacio sagrado permitía la conjunción del pasado con el presente, la unificación del tiempo. "Yo estaré en medio de vosotros", ha sido la promesa de todas las religiones, de los grandes rituales salvíficos.

El rito constituye el momento en que el humano ejerce su capacidad de detener el tiempo. Es evidentemente una detención ritual, pero no por ello menos real. En el rito se conjuga el pasado primigenio a través del mito, del recuerdo estereotipado del origen de la comunidad. Se reiteran las situaciones semejantes, se renuevan los lazos de pertenencia, se reconstruye lo quebrado y se vuelve a nacer.


El ser humano ha vivido en esta concepción del tiempo durante toda su historia. Incluso hoy en día, la mayor parte de la humanidad participa de una visión ritual del tiempo. Una relación de reiteración, un tiempo que no es atributo exclusivo del ser humano, ya que éste, de una u otra forma, está fundido en las cosas, depende de los elementos, requiere de una interacción con la naturaleza.

Nuestra cultura occidental ha perdido esa noción. Kant, verdadero demiurgo de la modernidad, redujo el tiempo al ser, y el ser al hombre, al ser humano, a la razón, al único racional viviente, al capaz de captar el transcurso de las estaciones a través de su conciencia. El tiempo es un atributo del ser, de su existencia plena. Es su elemento consustancial. Es el tiempo de la modernidad: ruptura con el fuera de sí, con la naturaleza, apropiación del hombre por el hombre.

La nostalgia es hija del tiempo, de esta noción desritualizada —moderna— del tiempo; del tiempo que no vuelve, que no retorna, que transcurre. Es su hija más preciada, la que valoriza el devenir, lo que se ha ido; la que añora el pasado. No es mera casualidad que en la cultura alemana del siglo dieciocho surgieran las dos tendencias, la que ve en la razón el sentido de la historia y la que ve en la nostalgia el fundamento del arte y la cultura. Racionalismo y romanticismo son dos partes de un mismo fenómeno cultural.

Pero es también, la nostalgia, la hija más peligrosa del tiempo, porque desvaloriza el presente, lo crítica y mira hacia atrás. Los grandes fundadores han desconfiado de ella. Les han dicho a sus seguidores que no pueden volver la vista atrás: se convertirán en estatuas de sal. La mirada fija en el futuro es una necesidad inherente a los fundadores. No se debe dejar espacio a la nostalgia. Piensan, "no vaya a ser cosa que se vuelvan", que tomen sus maletas, amarren sus alforjas en los burros, camellos, cabalgaduras de todas las especies, o incluso, vuelvan a utilizar las desvencijadas citronetas y se replieguen hacia el pasado. No vaya a ser cosa —meditan— que piensen seriamente que "todo lo pasado fue mucho mejor, que renieguen del presente incierto y cierren sus molleras a todo futuro, a toda tierra de promisión, a todo paraíso prometido, a todas las fantasías de los predicadores".

Cortés mandó quemar las naves; otros quemaron los libros. Es la misma idea: que el pasado no nos perturbe.

Sin nostalgia no habría valorización subjetiva del pasado. Es el elemento espontáneo, natural, de la psiquis que le otorga al sentimiento humano su dimensión histórica. La memoria, el recuerdo, es el dato neutral, es la capacidad temporal del pensamiento humano. Ese recuerdo es valorizado, o desvalorizado, por el transcurso del tiempo. El olvido es la respuesta a la desvalorización; su opuesto es la nostalgia: lo que no se quiere olvidar, lo que se quiere recordar y volver a vivir.

La historia es, o debería ser, la visión ponderada del tiempo; la mirada racional, crítica, compleja, contextualizada, de lo que nos ha pasado. Vista desde la historia, nuestra vida es un complejo sistema de decisiones en las que no siempre estuvimos plenamente conscientes, referidas a hechos bondadosos, felices, y también desgraciados. La historia debe mostrarnos un pasado relativamente similar al presente. Un pasado con momentos de felicidad, y otros de tragedia, de dolor, de tristeza. La historia muestra causas, relaciones, consecuencias, procesos, encadenamientos de hechos que al final conducen al presente en que nos encontramos. En la vida privada y personal, el analista, el psicólogo, el terapeuta, tiene la misma obligación que el historiador. En cambio el amigo, el o la confidente, va a escuchar lo que se le quiere decir, la versión ingenua, la historia parcial, los momentos maravillosos o, si se trata de un ente depresivo, el relato de los desastres permanentes.

La Historia, con mayúscula, debe actuar sobre el "olvido". Allí reside su elemento crítico fundamental. Las sociedades, las comunidades, no quieren oír muchas veces los elementos negativos de su historia. Los encierran en el olvido.

La nostalgia es también la versión parcializada de la historia, es la segmentación del tiempo, el recuerdo fragmentario de los aspectos que explican el presente frustrado. Es, por ello mismo, amorosa. La historia es cruel. Suele decir la verdad de lo ocurrido. Debiera decirlo, más bien. Muestra datos, series de hechos demostrables; por lo general relativiza las actuaciones individuales, impide construir panegíricos, salvo las historias oficiales de la patria, que son más bien el relato nostálgico de los grandes hombres que se fueron. Son por lo general la nostalgia oficial y colectiva, no propiamente historia. En muchos casos, toda la historia se construye sobre la nostalgia.

El enorme atractivo de la nostalgia, es su seducción. Nos lleva a pensar que fuimos mejor de lo que somos; nos hace mirar el pasado con condescendencia, nos ofrece una versión de la historia por lo general lamentable para el presente.

La nostalgia es una gran aduladora. Nos podemos pasar días y noches con ella, es prima hermana del beber, nos acompaña en cada copa, no se aburre nunca; con los años, crece.

La identidad colectiva es hija legítima de la nostalgia, se construye en torno a ella. La identidad no se construye con la historia. Ese es el error racionalista, el sueño positivista: pensar que la razón puede evaluar científicamente el pasado y transformarlo en verdad; y que esa verdad puede ser el fundamento de la identidad grupal, de la sociabilidad, de los vínculos y la cultura. Nada más lejano a la realidad. La identidad colectiva se organiza en torno al rito y al mito, a la noción del tiempo que acompaña a la nostalgia, a la visión "subjetiva" del tiempo. La identidad cultural es una suma de depósitos añorados por los habitantes presentes de esta sociedad que miran el pasado con una cierta nostalgia. Es por ello que las identidades son irracionales, obedecen a recuerdos, creencias, afectos, nemotecnias colectivas que hacen de un grupo humano un todo con sentido, con pasado y con futuro. Allí, en la comunidad, es donde las cosas adquieren sentido, proyección verdadera.

En la reconstrucción de las identidades colectivas, en la imaginación de un nuevo lazo que una a los ciudadanos, ahora libres, la aparición del pasado es un elemento central. El pasado aparece como plataforma, como represión o —mediante su relectura— como comunidad. El principal elemento de la acción cultural es re-producir el pasado desde una re-mirada cariñosa, donde los ejes de la violencia se enreden con los de los sueños, de la vida y la muerte reunidas.

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(1) Extraído del libro "La Comunidad Perdida" Ensayos sobre identidad y cultura: Los desafíos de la modernización en Chile. José Bengoa, Ediciones Sur, 1996.





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